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El sujeto en jaque

– Entonces nos revelarás todos tus secretos.

– No tengo secretos.

– ¡¿Entonces no sabes nada?!

– Soy pura inconsciencia.

 (Diálogo entre el caballero Antonius Block y la Muerte)

 

El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman

En épocas de la Edad Media, el caballero Antonius Block regresa de las cruzadas a una Suecia asolada porla peste. En su remanso en las costas suecas, la Muerte se le presenta decidida a llevárselo. A los fines de ganar tiempo en su búsqueda de respuestas a las preguntas que han torturado su existencia –¿Qué hay más allá de la Muerte? ¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Y Dios?–, el caballero reta a la Muerte a una partida de ajedrez, y ella acepta.

El Séptimo Sello (título tomado del libro delApocalipsis de San Juan) es, según Bergman, una alegoría situada en la Edad Media acerca del Hombre y su eterna búsqueda de Dios y la Muerte como única certidumbre. De este modo, trazado por el arte de Bergman, el film presenta: la peste, la Muerte, juglares, caballeros cruzados, “brujas” poseídas por el demonio llevadas a la hoguera por la Iglesia, marchas de penitentes autoflagelantes y el terror al Apocalipsis. Todas estas escenas conforman un mural medieval en movimiento.

Antonius Block se describe como un hombre quehabita un mundo de fantasmas, prisionero de sus sueños;sueños persecutorios y vacilaciones fantasmáticas que lo empujan una y otra vez a una desesperada búsqueda de respuestas; búsqueda de un Otro que devele verdad, garantía, sentido. El caballero, sin embargo, en su llamado desgarrador a Dios sólo encuentra silencio.

Así como en la famosa frase de Pascal: “El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta”1, la angustia que dispara el silencio que prosigue al grito desgarrador del caballero, queda ambiguo entre voz y vacío, ya que evoca dos dimensiones distintas de la Angustia: la Angustia ante la confrontación con el Otro del Apocalipsis, ante su voz ausente –y por ende presente como presencia muda y enigmática–, un Otro que no vacila en impartir su castigo (la peste) y en imponer su voluntad de que la era del hombre ha culminado (el Apocalipsis); unque

también se abre camino en este silencio la dimensión de la Angustia que podría denominarse “de nuestra era”, Angustia ante el vacío, ante la “inexistencia del Otro”, encarnada en el caballero que exclama: “Le grito [a Dios] en la oscuridad pero allí nunca hay nadie”

En las pinturas de la edad media puede observarse como se encuentran representados de modo feroz: el suplicio, el miedo, el terror; y a su vez, en obras fundamentales de la teología cristiana __tal como la Summa de Santo Tomás–, vemos cómo se menciona una y otra vez el miedo, pero no la angustia. ¿A qué puede deberse esto? Una respuesta puede encontrarse ligada al Otro consistente, al Dios consistente de esa era. Podría decirse que el hombre penitente del medioevo (ese que vemos en masa infligirse castigos corporales en El Séptimo Sello) sabe lo que Dios quiere para él, vía las Santas Escrituras. Saber, decir y verdad quedan arrogados al Otro, condenando al penitente a la inexorable culpabilidad, puesto que es el Otro (Dios) quien juzga la verdad. Así, el hombre sostiene su existencia siguiendo los mandatos, cumpliendo el programa significado por el Otro, aferrado al saber que despertará su ira si no cumple con ello (de allí, el terror).

La dimensión de la angustia logrará abrirse camino cuando aparezca un no saber, una incógnita. Cuando el penitente cumple con los mandatos y descubre que no conforma, que no contenta, que no llena al Otro podrá abrirse camino la dimensión de la angustia. Angustia por no saber, angustia por ser objeto enigmático del deseo del Otro: ¿Qué es lo que el Otro quiere? ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué me quiere?

El caballero Antonius Block interroga constantemente al Otro, a quien supone un saber; sin embargo el Otro no lo llena: Dios no responde y la Muerte afirma no tener secretos, no tener respuestas para la críptica interrogante por el “más allá”.

El filósofo Vladimir Jankélévitch2 aborda este misterio del instante mortal, este interrogante de lo que él denomina “el movimiento de nada hacia ninguna parte”, mencionando que “es la ausencia de sentido la que le da sentido a la vida”3, es decir que, allí donde el sujeto se encuentra amenazado, jaqueado en su Ser –puesto que su ser no es sino dividido, fallado, incompleto, sin respuesta, falto de sentido– intentará develar su verdad, construir su sentido –que solo podrá ser singular y no universal– donde no hay de antemano.

Otro filósofo, el esloveno Slavoj Žižek, retomando lecturas de Hegel y Lacan, arroja que: “El hombre es un animal enfermo de muerte, un animal extorsionado por un insaciable parásito (el lenguaje)4. Esta proposición lanza interrogantes: ¿No es el hombre un animal enfermo de muerte en tanto su “animalidad” muere con el lenguaje, muere con el orden simbólico al que es arrojado? ¿No es allí donde opera lo que Freud denomina pulsión de muerte, como automatismo ciego que busca interminablemente arribar al mito del retorno, lo in-dividuo, lo no dividido para abolir esta tensión estructurante?

La muerte abre una pregunta sin respuesta, un misterio sin secreto, una búsqueda por  representar lo irrepresentable –¿qué es sino el intento de Bergman al constituirla como una figura terrenal?–. Se intenta amarrarla, dominarla, ligarla a una cadena de una serie inexistente.

“Cuando considero la brevedad de mi vida, absorbida en la eternidad que precede y que sigue al pequeño espacio que ocupo y que incluso veo, sumergido en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me asusto y me sorprendo de verme aquí y no allí, ya que no hay ninguna razón por la que estar aquí en vez de allí, por qué ahora y no entonces.

¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y dirección de quién este lugar y este tiempo me han sido destinados? El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta”.


Blaise Pascal, Pensamientos.

Pascal, Blaise. Pensamientos. Ediciones Cátedra, Madrid, 1998, pág 108.

2 Jankélévitch, Vladimir. Pensar la muerte, F.C.E., Buenos Aires, 2006.

3 Idem, pág. 47

4 Žižek, Slavoj. El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI Editores,

Buenos Aires, 2005, pág. 27. 

 

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